Mi día que cambió todo: a 15 años del 11-S

12/Sep/2016

El País, Domingo, Por Leonel García

Mi día que cambió todo: a 15 años del 11-S

Sentado en el living de su apartamento en
Pocitos, se nota que a Claudio Cacciavillani le cuesta hablar de lo que pasó
hoy hace quince años en Manhattan. Busca en silencio apoyo en Ana Laura
Barttfeld, su esposa y madre de sus dos hijas, Julieta (13) y Candelaria (11),
que han preguntado solo lo justo y necesario. Todo cambió: hoy es taxista en
Montevideo, no un inmigrante en Estados Unidos dispuesto a trabajar de mil
cosas para forjarse un futuro. Pero sigue siendo difícil hablar luego de
haberle visto la cara a la muerte. No es fácil haber sido testigo directo del día
que cambió el mundo.
Y el día que cambió el mundo amaneció
hermoso, tanto así en una Nueva York que despedía el verano como en un Uruguay
casi primaveral. En el piso 85 de la Torre Sur del World Trade Center, al Sur
de Manhattan, Claudio Cacciavillani y Javier Porley, entonces de 27 y 31 años
respectivamente, realizaban labours, demoliciones y reparaciones, en un estudio
de abogados. Había obreros y empleados del bufete. Era un día más.
Claudio y su esposa habían llegado a
Estados Unidos en junio de 1999 y se radicaron en Elizabeth, Nueva Jersey. Él
trabajó en fábricas y en la construcción. En un gimnasio de esa ciudad conoció
a Javier, uruguayo como él. No solo se hicieron amigos: Claudio, que llevaba
más tiempo en el Norte, lo recomendó para trabajar con él en el WTC.
Millones de historias paralelas comenzaban
a desarrollarse. Alberto Domínguez, un exciclista uruguayo residente en
Australia, se despedía de su esposa y su cuñada en Boston y comenzaba su viaje
de regreso a Sidney, donde vivía desde 1972, previa escala en Los Ángeles.
Luego de cruzar el túnel Lincoln bajo el río Hudson, que une Nueva Jersey con
la isla de Manhattan, Cecilia Píriz llegó a su trabajo en la misión de Uruguay
en Naciones Unidas. Muy lejos, Horacio Mayer, un periodista llegado el mes
anterior a Estados Unidos, se aprestaba a tener una entrevista de trabajo en la
sede de Telemundo, en Miami. Había contestado afirmativamente a una chicaneada
de un productor: «Si yo lo entrevisto de mañana, ¿de tarde me produce un
programa?». Con su experiencia en El País y Canal 12 era jugar y cobrar,
pensaba. Mucho más lejos, en la montevideanísima rambla de Palermo, Rubek
Orlando, director de prensa de la embajada de Estados Unidos en Uruguay, acaba
de terminar el briefing de rutina en el tercer piso y bajaba a su oficina en el
primero.
A las 8.46 hora neoyorquina del martes 11
de setiembre de 2001, el vuelo 11 del American Airlines, con 92 personas a
bordo, se incrustaba a la altura del piso 96 de la Torre Norte del WTC. Ignacio
Estrada, mal dormido por haber trabajado hasta la madrugada, se iba a su puesto
laboral en Bear Stearns, un banco de inversión global ubicado en el medio de la
isla, habiendo visto como al pasar la mala nueva en televisión. Miriam
Cortazzo, que tenía una oficina de turismo en el Empire State Building, tan
distante del impacto como del Obelisco a Plaza Independencia, se enteró de lo
que pasaba con una llamada telefónica: «Hubo un accidente. Un avión se
estrelló contra las Torres Gemelas».
Claudio y Javier estaban en el coffee time,
un break a media mañana, apoyados contra las ventanas, cuando la torre vecina
fue atacada. «Fue raro. No se sintió un estruendo ni nada, sí una gran
vibración», recuerda Claudio hoy. «No vimos lo que había pasado.
Vimos luego una explosión, que caían papeles y escombros. No vimos ningún avión».
Sin tener nada de información que las especulaciones entre sus compañeros y sin
recibir ninguna orden decidieron bajar. La opción del ascensor fue
inmediatamente descartada. «Lo hicimos por escalera, porque en esos casos
nunca se sabe… Gracias a Dios, elegimos la escalera».
Alberto Domínguez, de 66 años, cuatro hijos
y siete nietos, había sido un notorio ciclista en Uruguay. Eran las semanas
previas a jubilarse como funcionario de una compañía aérea cuya oficina estaba
en el aeropuerto de Sidney, el destino al que no llegó. Era un hombre muy
querido en la comunidad uruguaya de Australia. Era uno de los infortunados
pasajeros del vuelo que se había estrellado en la Torre Norte. Sin saberlo, le
había salvado la vida a su esposa Martha, su compañera de toda la vida, a quien
le insistió que no volviera con él y se quedara unos días más en Boston con su
hermana, recién operada de un tumor en la cabeza. En el vuelo 11 del American
Airlines, tres filas delante suyo, estaba sentado Mohamed Atta, uno de los cinco
terroristas islámicos suicidas que tomaron control del avión. Domínguez fue una
de las primeras de las casi tres mil víctimas fatales que dejó lo que sería
conocido como el 11-S.
Under attack.
A medida que Claudio y Javier bajaban pisos
más gente se sumaba a las escaleras. Hubo unos cinco interminables minutos en
los que quedaron parados, sin poder avanzar. «Hubo gente que entonces se
fue hacia los ascensores. Nosotros, gracias a Dios, nos quedamos en las
escaleras». Claudio le agradece muy seguido a Dios. Ir hacia los
ascensores podría haber sido fatal. A las 9.03, el vuelo 175 de United Airlines
impactaba en la Torre Sur, la suya, a la altura del piso 81, muy cerca donde
ellos trabajaban. «Ahí se sintió otro golpe, otra vibración…». Ambos,
que estaban a la altura del piso 40, vieron el terror en la cara del otro. Fue
el peor momento. Por suerte, no vieron grandes escenas de histeria más allá de
llantos y llamadas desesperadas por celular. El descenso hasta la planta baja
duró una media hora. Cuanto tocaron suelo, mientras mucha gente buscaba la
calle, un batallón de bomberos corría escaleras arriba. No volverían a bajar.
Como la prensa y un montón de curiosos ya
estaban alertados por el primer impacto, el segundo fue filmado en vivo y en
directo. Ya no podía hablarse de accidente. Así lo entendieron Miriam e
Ignacio. La primera se fue a la oficina de una conocida, tan atribulada como
ella; en la calle percibió por primera vez el polvo y el olor a metal quemado
que persistió al menos por una semana y el silencio abrumador de una multitud
que no olvidará jamás. A Ignacio le dijeron que se fuera a su casa; nadie sabía
aún qué pasaba y el vuelo de los aviones caza sobre el skyline neoyorquino
parecía de película, pero era real. En la oficina de Cecilia Píriz, en la ONU,
no había televisión, pero en la emisora musical que siempre escuchaban, la
conductora —que apenas daba la hora, el estado del tránsito y anunciaba los
temas— estaba desencajada: «We are under attack! We are under
attack!». Antes de que los teléfonos colapsaran pudo contactar a su esposo
y decirle que estaba bien, que estaba siendo evacuada, que los llevaban al
apartamento del embajador Felipe Paolillo en la avenida 57. Llamó a Uruguay
para tranquilizar a sus padres, pero nadie atendió. Cuando recién pudo
comunicarse, varias horas después, estaban hechos un mar de nervios.
Al sur.
Uruguay vivía una hora adelantada. Rubek
Orlando trabaja en la embajada de Estados Unidos desde 1979; vivió la dictadura
y la apertura democrática, el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú y de Los
Ángeles, el escándalo Irán-Contras, el affaire Monica Lewinsky, el préstamo
puente de 2002 y la llegada de los expresos de Guantánamo. Trabajó con doce
embajadores, cinco encargados de negocios; atendió las visitas de ambos
presidentes George Bush, padre e hijo, Hillary Clinton y George Shultz. Pero
nunca vivió un momento como ese. «Ese día cambió el mundo», repite.
Mientras todos los canales de Uruguay comenzaron a retransmitir la CNN, los
teléfonos no pararon de sonar: políticos, empresarios, prensa.
Él, que como funcionario de la embajada
vivió los peores momentos del Yankees go home, comenzó a sentir una inédita
corriente de solidaridad generalizada hacia la principal potencia mundial.
Recuerda las llamadas de condolencias del presidente Jorge Batlle, del
exmandatario Julio María Sanguinetti y del líder del Frente Amplio Tabaré
Vázquez. Llamó la atención que no se hubiera comunicado el expresidente Luis
Alberto Lacalle, pero en realidad este ya había enviado una nota a la
residencia del embajador, en el Parque Batlle. «Nadie la recibió hasta más
tarde porque esa casa estaba vacía». El 11 de setiembre de 2001 Estados
Unidos no tenía designado embajador en Uruguay.
Reina Domínguez, hermana de Alberto, tenía
la televisión prendida en su negocio en el barrio histórico de Colonia del
Sacramento. A eso de las once de la mañana vio un edificio humeando en la
pantalla y se preguntó qué era. Cuando se dio cuenta le vino una emoción
fortísima que aún no sabe explicar. «Yo sabía que mi hermano iba a ir a
Estados Unidos, aunque no sabía cuándo. No sabía que viajaba ese día. Pero vi
eso y me vino una cosa… empecé a gritar como loca: ¡Ahí va mi hermano, ahí va
mi hermano!. Vinieron de comercios vecinos a tranquilizarme, vino mi marido, le
dije que llamara a Australia que era de noche. Es una locura, vamos a esperar,
me dice. Y a eso de las tres de la tarde se supo que Alberto viajaba en ese
avión. Yo lo supe antes… increíble». Quince años después, la voz se le
sigue quebrando.
Colapso.
El presidente de Estados Unidos, George W.
Bush, recibió la noticia del ataque en una escuela primaria en Sarasota,
Florida. En ese mismo estado, en Miami, Horacio Mayer tomaba un taxi rumbo a su
entrevista, que obviamente se iba a cancelar. El chofer le dijo: «No sé
qué pasa, solo sé que hoy de tarde hay que ir a comprar de todo al
supermercado, este país no se puede quedar quieto». Mentalidad americana
100%: el consumo salvará al mundo. Horacio no pudo evitar pensar en aquel
coronel del Pentágono, arrogante, al que había entrevistado un par de años
atrás: «Acá no vuela una mosca sin que nosotros lo sepamos». Fue en
Florida que Atta y otros terroristas fueron adiestrados en cómo pilotear un
avión. Y el Pentágono fue otro de los blancos ese mismo día.
Ya en la calle, Claudio y Javier se
alejaron un par de cuadras y se dieron vuelta. «No podíamos creer lo que
veíamos». Las Torres Gemelas ardían. «Mirábamos hacia arriba y
veíamos puntos negros que se caían. Eran personas que se tiraban…»,
recuerda Claudio. Un mánager suyo, un filipino, murió; una colombiana que
trabajaba en el mismo bufete, también. A las 10.10, la Torre Sur se derrumbó.
«Cuando comenzaron a caer las torres comenzamos a correr nosotros. Sin
mirar atrás…».
Claudia Santurio es una norteamericana hija
de uruguayos que trabajaba en una financiera y vivía a 500 metros del WTC.
Tenía muchos amigos en Sandler ONeill, un banco inversor con oficinas en el
piso 104 de la Torre Sur, que perdió a 66 empleados, padres de 76 hijos. Hay
imágenes que jamás va a olvidar del aquelarre de polvo, muerte y escombros
donde se levantaban dos torres majestuosas. Una de ellas fue la novia de un
amigo, con su foto en mano, preguntando desesperadamente si alguien lo había
visto. Nunca apareció. Un excompañero de universidad, que trabajaba en Lehman
Brothers, era la viva cara del miedo: «Hoy vi el infierno. Vi gente
saltando por las ventanas. Me voy a mi casa en San Diego y no vuelvo nunca
más». Y así fue.
Ana Laura Barttfeld se asustó tanto con lo
que veía que apagó el televisor en su casa de Elizabeth, a 24 kilómetros de
Nueva York. Sabía que su marido Claudio estaba ahí, aunque no en cuál torre. A
las 10.28 cayó la Norte. No tenía noticias de él, que no tenía celular.
«De la impotencia quería ir, pero el tránsito estaba cortado. Luego de
mucho rato me senté en el frente de mi casa. Yo estaba sola, con una desolación
tremenda, y en lo único que pensaba, cuando veía las torres hechas polvo era:
Qué espantosa forma de morir». Recién sabría que su marido estaba vivo más
tarde: luego de caminar cuadras y cuadras, y de frustrarse porque las líneas
internas estaban bloqueadas, Claudio pudo llamar a cobrar a sus padres en
Malvín Norte. Desde Uruguay vinieron las buenas nuevas para Ana Laura. Sin
embargo, esos días aún duelen: «Parece que lloro por dentro, no lo puedo
sacar hacia afuera. Hoy por hoy quizá duela más, porque tenemos más conciencia
del dolor que causaron».
El después.
Al mediodía, la embajada de Estados Unidos
quedó vacía. Solo quedaron Orlando y unos pocos funcionarios más. «A eso
de las tres de la tarde organizamos una conferencia de prensa en los jardines
de la sede», recuerda. Estuvo a cargo de la encargada de negocios,
Marianne Miles. Pese a una falsa amenaza de bomba, la sede diplomática no
advertía ningún riesgo. En Washington, en cambio, comenzaban a repetirse
palabras que marcarían los años siguientes: terrorismo, Al Qaeda, Osama Bin
Laden, War on terror. Definitivamente, el mundo no volvería a ser el mismo. Y
las escaladas militares ordenadas por George W. Bush dilapidarían la corriente
de empatía que podía haber generado su gobierno y su país.
Más allá de las sensaciones lógicas en
gente que jamás pensó que algo así pudiera pasar en su ciudad —desconcierto,
dolor, angustia, shock, incertidumbre, ira— los neoyorquinos demostraron gran
capacidad de resiliencia. Miriam Cortazzo, residente desde 1977, hoy en el
rubro inmobiliario, recuerda que la gente se volvió más solidaria. «La
gente se ayudó más, se conmiseró más… y la ciudad comenzó a despertar, se
revitalizó». Cecilia Píriz, que sigue trabajando en la misión uruguaya de
ONU como hace 26 años, cuenta lo tranquilo e incluso amable que estuvo en los días
inmediatos un tránsito siempre caótico. «Pero a la semana volví a escuchar
un bocinazo cruzando la calle, ¡todo volvía a la normalidad!».
Claro que nada fue lo mismo. Cecilia estuvo
tres meses soñando que se moría en su casa en Montclair, Nueva Jersey. Cruzar
el túnel Lincoln ya no volvió a ser igual. Hasta hoy lo cree un sitio ideal
para otro atentado. «Tú llegás a la terminal de ómnibus de Nueva York y
siempre hay policías militares. Camuflados, aunque nunca entiendo muy bien por
qué. Hay días en que pensás: En el gobierno alguien sabe algo y no lo está
diciendo».
Ignacio Estrada vivió en Nueva York hasta
2002. Bear Stearns, su antiguo trabajo, no existe más: lo barrió la crisis
bancaria de 2008. Hoy es legislador suplente por el Partido Nacional.
«Desde ese día se empezó a notar una sensación de inseguridad que era
alimentada por el gobierno. Empezaron a emitir alertas todo el tiempo. Donde
trabajaba hubo 300 amenazas de bomba en un mes. Vos estabas en Times Square y
sin querer te ponías a ver a alguno que anduviera con mochila… La vida te
cambiaba en términos prácticos cuando viajabas o ibas a un espectáculo público.
Pero la actitud de la gente fue más o menos así: ‘Nos pasó algo horrible pero
vamos a seguir. Estos no nos van a ganar'», resume.
En la cosmopolita Nueva York nadie notó
mayor aprensión al extranjero, pero no ocurrió lo mismo en todo Estados Unidos.
El miedo sigue estando presente, incluso como herramienta electoral. «Hay
miedo al musulmán, al árabe. Yo no sé si la candidatura de alguien como Donald
Trump es una consecuencia del 11-S, pero puede ser. En todo caso no puede
apelar mucho a eso, porque pasó en un gobierno de su partido, el
Republicano», dice Horacio Mayer. Experiodista de El País y Canal 12, sus
propuestas mediáticas cayeron junto a las torres y debió dedicarse a vender
planes médicos. Con el tiempo, todo volvió a normalizarse.
Reina recuerda con adoración a su hermano.
Dice que él y su esposa Martha se conocieron cuando tenían tres años de edad,
vecinos en Punta Carretas. «Se comunicaban a través de un tejido». Se
volvieron a ver a los 14, en el Buceo y se enamoraron. «Para él no había
otra cosa que su mujer y sus hijos. Era impecable. Todos los que lo conocieron
te lo pueden decir: era único como hijo, padre, esposo, hermano. Era
único». Alberto Domínguez, «Pocho», nacido el 12 de julio de
1935, había representado a Uruguay en ciclismo en pista en los Juegos
Panamericanos de Chicago 1959 y San Pablo 1963. Había sido funcionario
municipal. Ya con cuatro hijos, había emigrado a Australia en 1972. En su nuevo
país llegó a organizar clubes deportivos y eventos con la colectividad que
incluían a Rosa Luna, Los Olimareños y El Sabalero. La terminal aérea de
Sidney, donde la única víctima fatal uruguaya del 11-S trabajaba en la
aerolínea Qantas, tiene una placa en su honor.
«Nunca lo podías ver mal. A mi hermano
lo recuerdo siempre riendo. Hasta cuando pasaban mal, vos veías que se
disfrazaba y hacía cosas para que los hijos se divirtieran. Le encantaba el
Carnaval, venía todos los años a Uruguay, donaba plata al Hospital
Maciel…», evoca Reina. En 2007 se identificaron restos suyos, hallados en
la «Zona cero», mediante análisis de ADN. Para la familia fue un
alivio. «Es doloroso no tener un cuerpo para velar… al menos ahora tiene
una tumba». Esta tumba está en Sidney, donde aún está su viuda, sus hijos,
sus nietos y el bisnieto que no llegó a conocer.
Claudio Cacciavillani estuvo dos semanas
sin ir a trabajar. No podía. La seguridad reforzada en trenes y subtes no
ayudaba. «Estaba bajo pánico». Hoy, manejando su taxi por las calles
de Montevideo, adonde regresó otra vez hace cuatro años con intenciones de
quedarse, trata de no pensar en lo que pasó. «Pero por estas fechas es
inevitable». Ve las imágenes de los documentales y aún no puede creer haber
estado ahí. Ni haber salido con vida.
Ana Laura interviene: «Es raro. Es un
tema que duele tanto que casi no lo hablamos. Es por el dolor y por el respeto
que uno siente. Éramos muy jóvenes. Nos queda una foto que nos sacamos recién
llegados con las Torres Gemelas atrás…». Claudio escucha en silencio y
luego habla de los niños que perdieron a sus padres, de las vidas inocentes
truncadas, «gente que fue a trabajar como cualquier día», habla de
Javier —del que no sabe nada hace mucho, salvo que se mudó al más soleado
estado de Florida— que era padre de Abril, entonces de cinco años. «Vos
ves los ataques en la televisión y decís yo estaba ahí adentro… Yo pienso que
Dios nos dio una segunda oportunidad. Todavía le estoy buscando el
propósito…». Sus hijas Julieta y Candelaria lo escuchan en silencio, ya
han aprendido a respetar ese dolor que se resiste a ir.
ENTRE ATAQUES Y LA CRISIS
Claudio Cacciavillani y su esposa volvieron
a Montevideo en diciembre de 2001. Tenían lo suficiente como para comprar un
apartamento y pelearla en su país. Además, estaba el recuerdo doloroso del
11-S, cuando él salvó su vida de milagro. Pero la crisis de 2002 pudo más.
«Nos volvimos a Estados Unidos a los seis meses». Julieta y
Candelaria, las dos hijas de la pareja, nacieron allá. Hace cuatro años
emprendieron el regreso, quizá definitivo.
CUATRO VUELOS PARA LA PEOR HISTORIA
– Por 11-S se entiende a los atentados
suicidas cometidos mediante el secuestro de aviones de línea cometidos en suelo
estadounidense el 11 de setiembre de 2001. Fueron los mayores ataques
terroristas ocurridos en el territorio de ese país.
– Cinco suicidas secuestraron el vuelo 11
de American Airlines que iba de Boston a Los Ángeles y que partía a las 7.59.
Impactó en la Torre Norte del WTC a las 8.46 a 708 kilómetros por hora.
– Otros cinco terroristas secuestraron el
vuelo 175 de United Airlines con el mismo recorrido que el anterior. Chocó en
la Torre Sur del WTC a las 9.03 a 870 kilómetros por hora.
– El vuelo 77 de American Airlines salió de
Washington a las 8.20 con destino a Los Ángeles. Cinco secuestradores lo
hicieron impactar contra el Pentágono a las 9.38 a 850 kilómetros por hora.
– El vuelo 93 de United Airlines salió de
Nueva Jersey a las 8.42 con destino a San Francisco. Los cuatro secuestradores
lo querían hacer impactar en Washington, pero ante la resistencia de los
pasajeros lo hicieron estrellar en un campo en Pensilvania, a las 10.02.
– La organización yihadista Al Qaeda,
liderada por Osama Bin Laden, reivindicó el ataque.
– Este ataque inició la Guerra contra el
Terrorismo impulsada por Estados Unidos.
DE TURISTA A SOBREVIVIENTE
Javier Porley, el otro uruguayo que
sobrevivió a los atentados del 11-S en el WTC, fue entrevistado por El País en
tres ocasiones: al otro día de los ataques, a los cinco años del hecho y a los
diez. Dos días antes de la jornada que cambió el mundo, el 9 de setiembre de
2001, un domingo, había estado en el mirador de las Torres Gemelas pero como
turista, junto a su esposa Leticia y su hija mayor Abril, que entonces tenía
cinco años.
Como Claudio Cacciavilliani, Javier contó
que el peor momento fue cuando chocó el segundo avión en la torre en la que
trabajaban, mientras bajaban las escaleras. Solo que él situó el momento en el
piso 47. «Tembló todo, se movió todo», dijo en 2006. La llamada a
Uruguay para tranquilizar a los familiares fue en el Barrio Chino neoyorquino.
En 2004 nació Tommy, el segundo hijo de
Javier. Para entonces, había dejado Elizabeth para mudarse a Greenacres,
Florida, a trabajar como pintor y constructor.
REFERENTE EN AUSTRALIA
«Desde que llegó en 1972 fue fundador
de casi todo lo que surgió, relacionado con los clubes, el deporte o los medios
de comunicación». Gerardo Rodríguez, presidente del Club Uruguayo de
Sidney, recordaba así a Alberto Dominguez en nota con El País el 12 de
setiembre de 2001. «Por supuesto fomentaba el ciclismo, pero también el
fútbol. Fue fundador del primer equipo de fútbol y organizador del primer
campenato oficial de la liga latinoamericana. Eso fue antes del Mundial de 1978
y el equipo ganador viajó a Sudamérica y llegó a jugar en el Estadio
Centenario», continuó.
«Realmente es una pérdida para todos
nosotros, porque era un gran impulsor de todo lo que hacíamos», concluyó
su semblanza el dirigente.